
OJO: DE GIRA LA PRÓXIMA SEMANA: MARTES, TOLUCA (CHORICITO). MIÉRCOLES Y JUEVES, MORELIA (CORUNDITAS) DEL VIERNES AL LUNES, GUADALAJARA (¡TEQUILA!)
Toluca es una ciudad de contrastes. En cierto modo, es como una luna del Distrito Federal, la gente es la misma, con costumbres parecidas, formas de comportarse, trato, conversación. Muchísima gente de Toluca trabaja en la Ciudad de México y sólo regresa allá a dormir. De algún modo, estando ahí te sientes como en casa, aunque ciertamente, tiene sus particularidades. Es difícil explicarlo, pero aun siendo tan parecidas, hay algo que te hace saber que no estás en el D.F. No sé decir a ciencia cierta que es, tal vez que la gente vive con menos prisa, que sonríe más, el caso es que te sientes diferente.
Llegué a Toluca el miércoles como a la una y media de la tarde directito a instalarme en un hotel y con el ánimo de pasármela rico y trabajar mucho con los toluqueños. Sentía que sería un viaje a toda madre. Desde la ventana de mi habitación, vi que de la de enfrente salían un par de colegas, ya un poco entradas en años y vestiditas en la onda de “devórame otra vez”. Tal vez uno de esas anuncios de los periódicos de “maduritas al dos por uno” me dio gusto ver que salían sonriendo y platicando muy animadas, subieron la vista, me miraron y nos sonreímos mutuamente. Las respeto mucho como colegas, pero de algún modo le di gracias a Dios de que estoy estudiando.
Cerré la cortina y en ese instante sonó mi celular. Era un señor alegre y dicharachero que se llamaba Gildardo. No es toluqueño, sino de un pueblo de Coahuila. Estaba de paso en la ciudad de los chorizos. Derecho y sin ceremonias (como hablan los norteños) me pidió que cancelara mi agenda de ese día, pues él me contrataría para que lo acompañara desde ese momento y hasta que nos venciera el sueño. Nos pusimos de acuerdo en el precio, me dio el nombre del hotel y el número de la habitación en la que se hospedó (no doy más datos para que en una de esas no le vaya a pasar como a aquel Humberto que le cayó el chahuixtle y alguien se meta aquí a atar cabos).
Poco más de una hora después estábamos comiendo en un restaurante toluqueño una de las barbacoas más sabrosas que he probado en mi vida. Luego nos regresamos a su hotel. ¡Válgame Dios! Aquel hombre, de poco más de cincuenta años, tenía una energía sexual impresionante. Alto, moreno, de bigote tupido, ceja poblada, mirada alegre y sonrisa franca. Buen aliento, porte, brazos fuertes y una barriguita sabrosona. Besaba rico.
Cuando entramos en la habitación, se puso detrás de mí y comenzó a besarme el cuello y a decirme cosas lindas mientras acariciaba mi vientre. Me platicó de muchas cosas, de su trabajo, de su vida, de su esposa, de sus hijas y de sus gustos. Trabaja mucho y le encantan las viejas.
Hicimos el amor varias veces. Me dio un masaje yo le di también uno y luego nos recostamos abrazados hasta que nos quedamos dormidos. El jueves me despertaron sus besos en mi cuello. Hicimos el amor por última vez rápidamente antes de regresar a mi hotel, para tomar la carretera de vuelta al Distrito. Estaba a mitad del tráfico entre Santa Fe y el entronque Reforma-Constituyentes cuando sonó mi teléfono. Era Gil, el norteñito, que me deseaba buen viaje, decía que se la pasó riquísimo y prometía que nos volveríamos a ver. Le respondí que yo también me la había pasado rico y, la verdad, no mentía.
En fin, el caso es que no pude atender a nadie más aquel miércoles, por eso, el martes regreso a Toluca, para todos los que me llamaron. El miércoles y jueves estaré en Morelia y a partir del viernes y hasta el lunes en la FIL de Guadalajara...
Llegué a Toluca el miércoles como a la una y media de la tarde directito a instalarme en un hotel y con el ánimo de pasármela rico y trabajar mucho con los toluqueños. Sentía que sería un viaje a toda madre. Desde la ventana de mi habitación, vi que de la de enfrente salían un par de colegas, ya un poco entradas en años y vestiditas en la onda de “devórame otra vez”. Tal vez uno de esas anuncios de los periódicos de “maduritas al dos por uno” me dio gusto ver que salían sonriendo y platicando muy animadas, subieron la vista, me miraron y nos sonreímos mutuamente. Las respeto mucho como colegas, pero de algún modo le di gracias a Dios de que estoy estudiando.
Cerré la cortina y en ese instante sonó mi celular. Era un señor alegre y dicharachero que se llamaba Gildardo. No es toluqueño, sino de un pueblo de Coahuila. Estaba de paso en la ciudad de los chorizos. Derecho y sin ceremonias (como hablan los norteños) me pidió que cancelara mi agenda de ese día, pues él me contrataría para que lo acompañara desde ese momento y hasta que nos venciera el sueño. Nos pusimos de acuerdo en el precio, me dio el nombre del hotel y el número de la habitación en la que se hospedó (no doy más datos para que en una de esas no le vaya a pasar como a aquel Humberto que le cayó el chahuixtle y alguien se meta aquí a atar cabos).
Poco más de una hora después estábamos comiendo en un restaurante toluqueño una de las barbacoas más sabrosas que he probado en mi vida. Luego nos regresamos a su hotel. ¡Válgame Dios! Aquel hombre, de poco más de cincuenta años, tenía una energía sexual impresionante. Alto, moreno, de bigote tupido, ceja poblada, mirada alegre y sonrisa franca. Buen aliento, porte, brazos fuertes y una barriguita sabrosona. Besaba rico.
Cuando entramos en la habitación, se puso detrás de mí y comenzó a besarme el cuello y a decirme cosas lindas mientras acariciaba mi vientre. Me platicó de muchas cosas, de su trabajo, de su vida, de su esposa, de sus hijas y de sus gustos. Trabaja mucho y le encantan las viejas.
Hicimos el amor varias veces. Me dio un masaje yo le di también uno y luego nos recostamos abrazados hasta que nos quedamos dormidos. El jueves me despertaron sus besos en mi cuello. Hicimos el amor por última vez rápidamente antes de regresar a mi hotel, para tomar la carretera de vuelta al Distrito. Estaba a mitad del tráfico entre Santa Fe y el entronque Reforma-Constituyentes cuando sonó mi teléfono. Era Gil, el norteñito, que me deseaba buen viaje, decía que se la pasó riquísimo y prometía que nos volveríamos a ver. Le respondí que yo también me la había pasado rico y, la verdad, no mentía.
En fin, el caso es que no pude atender a nadie más aquel miércoles, por eso, el martes regreso a Toluca, para todos los que me llamaron. El miércoles y jueves estaré en Morelia y a partir del viernes y hasta el lunes en la FIL de Guadalajara...
P.D. Ah para que no se diga que no sigo las reglas de una buena reseña: el oral fue con, el sexo también, lo hicimos varias veces, de misionero, de perrito, de chivito al precipicio, de tijerita, de cucharita y nomás faltó el salto del tigre y, desde luego, el norteño no maneja anal ji, ji, ji.