
Se abren las puertas del elevador.
-¿Baja?- Me pregunta él sonriendo.
-Baja- Respondo cortésmente. Él entra al elevador aunque su novia (esposa, amiga, detalle o nalguita), lo jala discretamente del brazo, como pidiéndole que esperaran otro elevador. No sé porqué algunas chicas se sacan tanto de onda en un motel, que ni el elevador les gusta compartir. Él no le hace caso.
Se bajan en la recepción, yo me sigo hasta el estacionamiento. Antes de que se cierren las puertas, él me mira a los ojos con más lujuria que un toro en brama. Hay que reconocerlo: Está guapetón.
Toc, toc, toc...
Dos días después, en el mismo hotel, me abre la puerta de su habitación un cliente
-¡Sabía que eras tú!- dice triunfal
Sonrío, le doy un beso y entro a la habitación.
Charlamos. La chava con quien venía el otro día trabaja con él, son cuates, pero de vez en cuando, si el tiempo lo permite y la calentura lo justifica, se dan sus escapadas al cinco letras. Él es abogado, de treinta y ocho años, divorciado, sin hijos, con una hipoteca y buenos negocios. No tiene planes para casarse de nuevo, cuando menos pronto, pero está decidido a divertirse lo más posible.
No es tímido, mientras rompía el hielo contándome los datos generales de su vida, paseaba sus manitas por mis curvas andando del cortés cachondeo al franco faje. Para cuando me di cuenta, sus labios ya asaltaban mi cuello y sus manos me desnudaban. Sacó el vestido, me besó los hombros, acarició mi espalda, besó mis pechos, rodeó mi cintura, besó mi vientre, jugó en mi ombligo, acarició mis nalgas y, recostándome lentamente, puso su lengua entre mis piernas y empezó a jugar con ella como si hubiese leído un instructivo...
Inesperadamente, tuve que apretar las nalgas, estrujar las cobijas, morderme el labio y gritar... una tregua recorrió mis venas. Sonreí...
¡Bendito elevador! Pensé, antes de comenzar a devolverle el favorcito.
-¿Baja?- Me pregunta él sonriendo.
-Baja- Respondo cortésmente. Él entra al elevador aunque su novia (esposa, amiga, detalle o nalguita), lo jala discretamente del brazo, como pidiéndole que esperaran otro elevador. No sé porqué algunas chicas se sacan tanto de onda en un motel, que ni el elevador les gusta compartir. Él no le hace caso.
Se bajan en la recepción, yo me sigo hasta el estacionamiento. Antes de que se cierren las puertas, él me mira a los ojos con más lujuria que un toro en brama. Hay que reconocerlo: Está guapetón.
Toc, toc, toc...
Dos días después, en el mismo hotel, me abre la puerta de su habitación un cliente
-¡Sabía que eras tú!- dice triunfal
Sonrío, le doy un beso y entro a la habitación.
Charlamos. La chava con quien venía el otro día trabaja con él, son cuates, pero de vez en cuando, si el tiempo lo permite y la calentura lo justifica, se dan sus escapadas al cinco letras. Él es abogado, de treinta y ocho años, divorciado, sin hijos, con una hipoteca y buenos negocios. No tiene planes para casarse de nuevo, cuando menos pronto, pero está decidido a divertirse lo más posible.
No es tímido, mientras rompía el hielo contándome los datos generales de su vida, paseaba sus manitas por mis curvas andando del cortés cachondeo al franco faje. Para cuando me di cuenta, sus labios ya asaltaban mi cuello y sus manos me desnudaban. Sacó el vestido, me besó los hombros, acarició mi espalda, besó mis pechos, rodeó mi cintura, besó mi vientre, jugó en mi ombligo, acarició mis nalgas y, recostándome lentamente, puso su lengua entre mis piernas y empezó a jugar con ella como si hubiese leído un instructivo...
Inesperadamente, tuve que apretar las nalgas, estrujar las cobijas, morderme el labio y gritar... una tregua recorrió mis venas. Sonreí...
¡Bendito elevador! Pensé, antes de comenzar a devolverle el favorcito.