
A menudo me preguntan cómo es posible que me la pase tan bien en este trabajo. Me dicen que escribo como si la vida de una prostituta fuera color de rosa y me la pasara a todo dar brincando de una cama a otra y tirándome a completos desconocidos. Que no es posible que todos mis clientes sean encantadores y complacientes ni que tengan el abdomen de William Levy, los brazos de Fernando Colunga. Que no puede ser que siempre ande más caliente que una plancha de tintorería y que todos los que me contratan se muevan riquísimo y me pongan a ver estrellitas.
Quien piense eso tiene toda la razón. Obviamente, escribiendo una vez por semana escojo de entre todos los clientes que atiendo cada siete días a aquel o aquellos que me hayan dejado una mejor impresión, digamos que aún si atendiera uno por día, habría seis de los que no pondría nada en el periódico y sólo uno que sí, de modo que lo que se lee en mi columna no es sino un anecdotario digamos que "cotorrón", pero no una radiografía de los placeres y sufrires de una puta del Siglo XXI.
Eso no quita que la mayoría de los señores que veo sean también gente agradable. A decir verdad, la mayoría de los clientes no son sino gente normal, señores con algo de lana y ganas de pasársela rico sin pedos ni complicaciones. Ni le hago comerciales a la vida de las putas, ni pienso que sea lo más recomendable para todas, pero al menos en el nivel en el que me muevo, tengo más cosas alegres que contar, que calamidades.
Ahora que si se quisiera saber cómo es la vida de las prostitutas modernas, creo que habría que preguntarles a cada una, pues todas lo vivimos de manera diferente. La mía, al menos, es relajada.